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domingo, 9 de diciembre de 2012

La mujer y el león


Una leyenda etíope cuenta la historia de un hombre y una mujer , ambos viudos y todavía jóvenes, que se enamoraron y se casaron. 

La alegría de la mujer fué grande cuando se fue a vivir a la casa de su nuevo marido, especialmente porque él tenía un hijo y ella siempre había deseado un niño. Ahora ya tenía el primero. 


Pero el niño todavía lloraba la muerte de su madre y se mostraba hostil con su madrastra, rechazando sus afectos. Rehusaba su cocina, rasgaba su costura y se apartaba de su bondad y sus atenciones. La excluía completamente y ni siquiera le hablaba. 

Transcurrido un tiempo, la mujer, llena de decepción y tristeza, fué a buscar la ayuda de un hechicero que vivía en una colina cercana.

-!Por favor, prepárame una poción de amor para que mi hijastro me quiera! –  le suplicó la mujer desesperada.

- Puedo preparártela- le contestó el hechicero-, pero los ingredientes son muy difíciles de conseguir. Debes traerme tres pelos del bigote de un león vivo.

La mujer imploró diciendo que era imposible, que sería devorada, pero el hechicero insistió en que era la única forma. Se fue afligida, pero decidida a no abandonar la petición. 



Con el nuevo día, cogió un cuenco con mucha comida y se dirigió a un lugar donde vivía un gran león. Y esperó. Pasado un tiempo, lo vio venir. Al oir su rugido, dejó caer el cuenco y huyó. 


A la jornada siguiente, fue otra vez a la morada del león con más comida, esperó a que apareciera y dejó el cuenco antes de irse. Cada día le dejaba más cerca la comida y esperaba un poco más antes de irse. 



En una ocasión decidió esperar a que el léon comiera la carne para mirarle desde la distancia. Otro día se puso lo bastante cerca para poder oir su respiración y, al cabo de un tiempo, se acercó tanto que podía olerlo. Cada vez le decía palabras suaves. 


Después de mucho, mucho tiempo, ya podía quedarse cerca de él mientras comía. Y llegó el momento en que el león se mostraba tranquilo en su presencia, se estiraba y dejaba que le acariciase su pelaje, ronroneando feliz. 


La joven mujer decidió que entonces podía cumplir con su proposito. Mientras acariciaba la espalda y la cabeza del león, hablándole suavemente, tomó tres pelos de su bigote sin que lo notara.

-Gracias, querido amigo- le dijo, y se fue derecha a la cabaña del hechicero, quien se mostró encantado de que le hubiera traido, al fin, los ingredientes mágicos.

- Aquí los tienes, le he traido los pelos de un león vivo-anunció, y los entregó al hechicero, que estaba sentado fuera de su cabaña frente al fuego.

-En efecto, los tienes-dijo el hechicero, sonriendo, mientras examinaba los tres pelos. E inmediatamente, y ante la mirada atónita de la mujer, los tiró al fuego.


-¿ Pero qué ha hecho?-le gritó ella-. Eran para la poción de amor que quería que hicieras. ¿ Puede imaginarse que difícil ha sido para mi obtenerlos? Me ha llevado meses ganarme la confianza del fiero león.


-¿De verdad crees que el amor y la confianza de un niño pueden ser más difíciles que obtener los pelos de una bestia salvaje?-le preguntó a la mujer-. Vete a casa y piensa en lo que has logrado.



La joven mujer comprendió. Reconoció su hazaña, su espera paciente a lo largo de los meses y sus intentos graduales de acercarse al león. Ella misma había cambiado durante el intento. 



Ahora, la aproximación a su hijastro sería diferente. Esperó, segura y confiada, se acercó a él poco a poco, respetando su ritmo y su territorio, sin invadirle, y sin, por eso, dejarlo por imposible. Tras un tiempo, el niño la aceptó como su madre y la dejó entrar en su corazón.


Cuento tradicional de Etiopia
” La paciencia y la perseverancia son las cualidades más útiles en este mundo impaciente y apresurado. Todos tenemos que tratar con gente que nos resulta difícil, pero no podemos curiosear fácilmente en un cofre cerrado con una acción brusca. Es mejor soltar el cierre del cofre poco a poco, alrededor de sus bordes hasta que se abra solo.”

Frases Celebres en Imagenes Aquí.


jueves, 15 de noviembre de 2012

El hombre y el mundo


Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.


Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención.


De repente se encontró con una revista en donde venía el mapa del mundo ¡Justo lo que precisaba!. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie".

Entonces calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente. "Papá, ya hice todo, conseguí terminarlo".

Al principio el padre no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.

Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.

¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?

-Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lograste armarlo?

-Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre ...

Así que dí vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que si sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo


Frases Celebres Aquí

jueves, 11 de octubre de 2012

La isla de las dos caras


La tribu de los mokokos vivía en el lado malo de la isla de las dos caras. Los dos lados, separados por un gran acantilado, eran como la noche y el día. 

El lado bueno estaba regado por ríos y lleno de árboles, flores, pájaros y comida fácil y abundante, mientras que en el lado malo, sin apenas agua ni plantas, se agolpaban las bestias feroces. 

Los mokokos tenían la desgracia de vivir allí desde siempre, sin que hubiera forma de cruzar. Su vida era dura y difícil: apenas tenían comida y bebida para todos y vivían siempre aterrorizados por las fieras, que periódicamente devoraban a alguno de los miembros de la tribu.

La leyenda contaba que algunos de sus antepasados habían podido cruzar con la única ayuda de una pequeña pértiga, pero hacía tantos años que no crecía un árbol lo suficientemente resistente como para fabricar una pértiga, que pocos mokokos creían que aquello fuera posible, y se habían acostumbrado a su difícil y resignada vida, pasando hambre y soñando con no acabar como cena de alguna bestia hambrienta.

Pero quiso la naturaleza que precisamente junto al borde del acantilado que separaba las dos caras de la isla, creciera un árbol delgaducho pero fuerte con el que pudieron construir dos pértigas. La expectación fue enorme y no hubo dudas al elegir a los afortunados que podrían utilizarlas: el gran jefe y el hechicero.

Pero cuando estos tuvieron la oportunidad de dar el salto, sintieron tanto miedo que no se atrevieron a hacerlo: pensaron que la pértiga podría quebrarse, o que no sería suficientemente larga, o que algo saldría mal durante el salto... y dieron tanta vida a aquellos pensamientos que su miedo les llevó a rendirse. Y cuando se vieron así, pensando que podrían ser objeto de burlas y comentarios, decidieron inventar viejas historias y leyendas de saltos fallidos e intentos fracasados de llegar al otro lado. Y tanto las contaron y las extendieron, que no había mokoko que no supiera de la imprudencia e insensatez que supondría tan siquiera intentar el salto. Y allí se quedaron las pértigas, disponibles para quien quisiera utilizarlas, pero abandonadas por todos, pues tomar una de aquellas pértigas se había convertido, a fuerza de repetirlo, en lo más impropio de un mokoko. Era una traición a los valores de sufrimiento y resistencia que tanto les distinguían.


Pero en aquella tribu surgieron Naru y Ariki, un par de corazones jóvenes que deseaban en su interior una vida diferente y, animados por la fuerza de su amor, decidieron un día utilizar las pértigas. Nadie se lo impidió, pero todos trataron de desanimarlos, convenciéndolos con mil explicaciones de los peligros del salto.

- ¿Y si fuera cierto lo que dicen? - se preguntaba el joven Naru.
- No hagas caso ¿Por qué hablan tanto de un salto que nunca han hecho? Yo también tengo un poco de miedo, pero no parece tan difícil -respondía Ariki, siempre decidida.
- Pero si sale mal, sería un final terrible – seguía Naru, indeciso.
- Puede que el salto nos salga mal, y puede que no. Pero quedarnos para siempre en este lado de la isla nos saldrá mal seguro ¿Conoces a alguien que no haya muerto devorado por las fieras o por el hambre? Ese también es un final terrible, aunque parezca que nos aún nos queda lejos.
- Tienes razón, Ariki. Y si esperásemos mucho, igual no tendríamos las fuerzas para dar este salto... Lo haremos mañana mismo.


Y al día siguiente, Naru y Ariki saltaron a la cara buena de la isla. Mientras recogían las pértigas, mientras tomaban carrerilla, mientras sentían el impulso, el miedo apenas les dejaba respirar. Cuando volaban por los aires, indefensos y sin apoyos, sentían que algo había salido mal y les esperaba una muerte segura. Pero cuando aterrizaron en el otro lado de la isla y se abrazaron felices y alborotados, pensaron que no había sido para tanto.

Y mientras corrían a descubrir su nueva vida, pudieron escuchar a sus espaldas, como en un coro de voces apagadas:

- Ha sido suerte
- Yo pensaba hacerlo mañana
- ¡Qué salto tan malo! Si no llega a ser por la pértiga...

Y comprendieron por qué tan pocos saltaban, porque en la cara mala de la isla sólo se oían las voces resignadas de aquellas personas sin sueños, llenas de miedo y desesperanza, que no saltarían nunca...

MORALEJA: Hay que tratar de mejorar siempre, sin dejarnos vencer por el miedo de aquellos que nunca han intentado lo que pretendemos. Especialmente pensado para quienes se plantean emprender algo nuevo.


Pensamientos breves aquí.